Retrato de amor perdido

 

Retrato de amor perdido

Cuento



Él le dijo “en verdad nunca te quise” y ella pareció aceptarlo sin más. Eso fue todo, o casi, porque con el tiempo la historia fue transpirando detalles. Para empezar, ella lo amó desesperadamente; en verdad él también, pero jamás lo supo; no se lo permitió. Sentado ante mí, años después, le daba rodeos a esa comprensión exaltando las banalidades que son importantes para el amor. Fue entonces que empecé a interesarme, no sé bien por qué, en esta poco original parábola del fracaso.

El atractivo estaba, creo, en el malentendido con el que se estableció la relación. Ella había estado sola muchos años y en algún momento de su vida, del que un matrimonio fracasado resultó la parte menor, había decidido ser de una manera. Era linda como la pulpera de Santa Lucía hubiera querido ser; era inteligente, sensible y culta; en consecuencia, solitaria. Teniendo exceso de atributos, le dio por ser ella misma y no resignar su identidad a través de un hombre. Yo todo esto lo sé por terceros.

En el barrio muchos entendían que ya no tuviese marido: amable como era, también tenía un éxito desmedido en su profesión y leía demasiado. Y eso se notaba, por más que le aceptara un mate a la vecina y barriera la vereda con pañuelo en la cabeza.

Vio crecer a sus dos hijos antes de que el amor la sorprendiera, la guardia baja, en los requiebros de este neurótico que se creía atraído por lo superficial: la belleza, la facilidad de un trato franco, la libertad garantizada como punto de partida.

Él venía de una sucesión de relaciones fracasadas, algunas más largas que otras y todas con su punto de ruptura en el momento en que su trato suave, que lo mostraba inofensivo, dejaba lugar a su natural irascible. Ese recurso le fracasó, con lo que esta separación debió buscar otro motivo y al final fue porque sí.

Ante mí, él se empeñaba en la impunidad de no razonar. Años después de su amorío recordaba a aquella mujer induciendo a las palabras a acercarla: que ellas demostraran su presencia, revivieran la oportunidad perdida. Aprendí a interrumpirlo con otros asuntos y a jugar a eso como un gato; él volvía a su tema con la constancia de la fidelidad.

Me describió el amor de ella dándome noticia de la comprensión sin palabras que le ofrecía, en saber más que él, para su eterna sorpresa, sobre los perfiles de su estado de ánimo no más verlo. Él, un hombre callado, descubrió para su agrado que no precisaba ante ella de palabras para mostrarse. Curiosamente eso lo alentó a hablar: le encontró el gusto a la lengua y echaba largas parrafadas en una cena, o caminando. A esa altura de las cosas, salieron finalmente a relucir la arbitrariedad y la dureza que ella había presentido en él.

Él también comprobó que, hablando, revelaba de sí un mundo de sensibilidad en el que, para su sorpresa, podía reflexionar. Se descubría existiendo más allá de la rutina del trabajo, comprendió que la belleza era capaz de partir de sus manos; le dijeron, para su escepticismo que había un artista en él. El de la expresión artística fue un camino que finalmente tomó sin pararse a reflexionar sobre quién le indicó las puertas; ahora era un pichón de artista.

Ella aceptó sin más ser ignorada; el gesto quedó como expresión del respeto que siempre le prometió a quien había jurado amar sin condiciones. Por lo mismo fue que acató la arbitrariedad de su alejamiento. De algo que él dijo deduzco que la ruptura la tomó por sorpresa. Supongo que eso le dio rabia; tiene que haberle dado. Pero la información contradice la suposición, pues cuando le preguntaban por él ella hacía un gesto de dolor resignado. Por eso creo yo que ella se sentía culpable del asunto, como una adolescente desorientada: terminé entendiendo que la sorpresa la hizo dudar de su propio amor por él, ya que ese amor le tendría que haber advertido de la que se le venía. Tal vez por eso lo dejó ir sin más cuando él se quiso apartar: porque, sin motivos para intuir nada, le debe de haber adjudicado su actitud a uno de sus arranques de arbitrariedad.

Y en última instancia es así, porque él la extraña sin reconocerlo. Pero ahora quedan sólo retazos inconexos de memoria. Con ella encontró, así dijo, momentos de paz espiritual y ya no ese irritante ir y venir. Esa nueva situación, me dio a entender, le daba una libertad con la que no supo qué hacer. Ahora tiene otra libertad con la que tampoco sabe qué hacer.

Es sabido que el amor no tiene explicación. Por más improbable que parezca la pareja, ya ven, al final las cosas de ésta fueron al revés de lo previsible y él la dejó a ella. Creo que la pasión por el celestinaje que ataca a ciertas mujeres esconde la voluntad inútil de vencer ese misterio y si une, es soledades y pobres expectativas.

Yo vi en cambio pasar a este amor y era asunto serio. Pero a ella se la notaba agazapada, tratando de no saltar sobre su presa; sudaba sed y paciencia de animal. Ella aspiraba, claro, a la plenitud del amor; él percibía la amenaza de una invasión. Era ingenuo al sorprenderse por el mundo que ella le abría, comparaba gratamente esta pareja suya que le cayó del cielo con sus anteriores experiencias, sin imaginar siquiera que él ya no era el mismo. Y retrocedía asustado en cuanto percibía el abismo de compromiso voluntario al cual se estaba dejando arrastrar dulcemente. Eran viejos fantasmas, a no dudarlo, los que lo retenían atado al mástil de Ulises. Y por lo que ya no estaba se perdió de al menos entender lo que estaba. Que tampoco era sublime.




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